Terminar una bebida puede ser el comienzo de una nueva historia para su envase. Cuando una lata de aluminio se separa y se entrega para su reciclaje, el material puede recuperarse y utilizarse para fabricar otra lata, capaz de cumplir nuevamente la misma función. Este recorrido se conoce como reciclaje de ciclo cerrado: el aluminio vuelve al sistema productivo para convertirse en un nuevo envase.
Una de las principales ventajas del aluminio es que puede reciclarse repetidamente sin perder las propiedades del metal. Esto permite mantener un recurso valioso en circulación y reducir la necesidad de utilizar materia prima nueva.
Para que ese potencial se concrete, cada etapa cuenta: desde la separación en el hogar hasta la recuperación y transformación industrial.
“Una lata vacía sigue teniendo valor. Su aluminio puede recuperarse y convertirse en un nuevo envase que cumpla la misma función. Explicar este recorrido de manera sencilla ayuda a que las personas entiendan por qué separar sus latas y entregarlas para reciclaje hace una diferencia”, señala Gabriel Tribucio, Director Comercial de Ball para Sudamérica.
El recorrido: del consumo a un nuevo envase
El ciclo comienza después del consumo. Separar la lata de otros residuos y depositarla en un sistema que reciba aluminio permite que entre a la cadena de recuperación. En esta etapa, consumidores, puntos de recepción, recicladores de base, gestores y valorizadores cumplen un papel fundamental para reunir el material y conducirlo hacia su procesamiento.
Luego viene la clasificación. Las latas se separan de otros materiales y se preparan para su tratamiento industrial. Esta etapa permite reunir el aluminio recuperado en condiciones adecuadas para continuar el proceso.
En las instalaciones de reciclaje, el material se tritura, se trata para retirar recubrimientos y se funde. El aluminio recuperado se transforma en bloques que posteriormente se laminan para producir nuevas láminas de metal. Con ellas se fabrican nuevos envases, que vuelven a ser llenados y puestos a disposición de los consumidores.
Así, el recorrido puede comenzar otra vez: consumo, recolección, clasificación, fundición y fabricación de una nueva lata.
Conservar el material y su función
El reciclaje de ciclo cerrado permite que el aluminio utilizado en un envase vuelva a emplearse en otro del mismo tipo. La ventaja está en conservar sus propiedades y aprovecharlas nuevamente para contener y proteger una bebida.
Reciclar aluminio permite ahorrar cerca del 95% de la energía necesaria para producir aluminio primario, lo que refuerza el valor de recuperar las latas después de su uso.
“El valor del ciclo cerrado está en mantener el aluminio en uso y aprovechar sus propiedades una y otra vez. Cada lata recuperada representa una oportunidad de devolver material a la cadena productiva. Por eso, fortalecer la recolección y trabajar de manera coordinada es tan relevante como diseñar envases reciclables”, explica Tribucio.
Un ciclo que se construye entre todos
La capacidad de un material para reciclarse necesita una cadena que haga posible su recuperación. Separar una lata es el primer paso; contar con sistemas de recolección, clasificación y procesamiento permite que ese gesto se traduzca en una nueva oportunidad de uso.
Por ello, avanzar en el reciclaje de ciclo cerrado requiere colaboración entre ciudadanos, recicladores, gestores, marcas, fabricantes y autoridades. Cada uno aporta a un recorrido que conecta una acción cotidiana con la fabricación de nuevos productos.
“En Ball creemos que acercar información clara sobre el reciclaje ayuda a fortalecer la participación. Queremos que las personas puedan reconocer el valor que permanece en una lata después de consumir su contenido y comprender que, al entregarla para reciclaje, contribuyen a mantener el aluminio en circulación”, concluye Gabriel Tribucio.
El aluminio puede reciclarse muchas veces y volver a convertirse en un nuevo envase. Hacer posible ese recorrido comienza con una decisión sencilla: separarla y entregarla para su reciclaje.






