La migración a la nube dejó de ser el principal desafío para muchas organizaciones. Luego de trasladar aplicaciones e infraestructura a entornos cloud, las empresas enfrentan ahora una pregunta más compleja: ¿están realmente aprovechando el valor que prometía esa migración?
Para SoftwareOne, la siguiente etapa pasa por la modernización continua de las aplicaciones y la optimización de los recursos cloud, revisando no solo cuánto se consume, sino también por qué se consume, qué valor genera y cómo las decisiones de arquitectura impactan en los resultados del negocio.
«El desafío es capturar el valor que prometía la migración. Muchas organizaciones trasladaron sus aplicaciones e infraestructura, pero mantienen arquitecturas, procesos y modelos de consumo que no aprovechan realmente las capacidades de la nube. La migración es un punto de partida, no el destino», explica Hernán Duque, Regional Services Delivery Lead para Latam de SoftwareOne.
En este contexto, cobra relevancia el concepto de economía de la nube, entendido como una gestión integral de costos, consumo, rendimiento, productividad y capacidad de crecimiento. A diferencia de una estrategia enfocada exclusivamente en reducir gastos, este enfoque busca entender cómo cada inversión en cloud se traduce en valor para la organización.
Uno de los principales riesgos es confundir optimización con recorte. Apagar recursos o disminuir capacidad puede reducir la factura en el corto plazo, pero también puede afectar el rendimiento de las aplicaciones, la productividad de los equipos o la capacidad de innovación. La gestión eficiente de la nube, en cambio, considera la arquitectura, la demanda, el riesgo y las necesidades futuras.
Según la consultora McKinsey, existen oportunidades adicionales de ahorro de entre 10% y 20% al analizar el gasto cloud de las organizaciones. A su vez, el informe State of the Cloud 2026 de Flexera estima que 29% del gasto en IaaS y PaaS se desperdicia. Para SoftwareOne, estos porcentajes no representan automáticamente un ahorro: el resultado depende del nivel de madurez de cada organización y de las oportunidades específicas de optimización y modernización que existan en su infraestructura.
Entre las principales fuentes de sobreconsumo aparecen las máquinas virtuales sobredimensionadas, discos y snapshots olvidados, ambientes de desarrollo y pruebas que permanecen encendidos permanentemente, bases de datos con más capacidad de la necesaria y recursos que continúan activos después de finalizar un proyecto.
Sin embargo, parte del desperdicio puede ser menos evidente. Aplicaciones que mantienen patrones de diseño tradicionales pueden requerir una cantidad excesiva de infraestructura para ejecutar operaciones relativamente simples. En estos casos, reducir recursos sin revisar la arquitectura puede solucionar temporalmente el síntoma, pero no necesariamente el problema de fondo.
Por ello, SoftwareOne plantea que la optimización debería desarrollarse en dos etapas. Primero, capturar las eficiencias inmediatas y eliminar recursos innecesarios. Luego, avanzar hacia una modernización estructural que permita consumir menos recursos de manera sostenible.
Esta segunda etapa puede incluir el rediseño de aplicaciones, la optimización de bases de datos, la incorporación de arquitecturas más eficientes y la automatización de operaciones, incluyendo la integración de capacidades agénticas cuando aporten valor a la solución. El objetivo es transformar un ahorro puntual en una mejora permanente de la economía de cada aplicación.
Para avanzar en esta dirección, uno de los principales cambios consiste en dejar de tratar la optimización cloud como una tarea puntual que se activa cuando llega una factura inesperadamente alta. La falta de visibilidad sobre el consumo por aplicación o unidad de negocio, la ausencia de responsables claros y las decisiones tomadas exclusivamente desde infraestructura son algunos de los obstáculos más frecuentes.
En este escenario, FinOps permite incorporar disciplina financiera durante todo el ciclo de vida de la tecnología, involucrando a áreas de infraestructura, ingeniería y finanzas para tomar decisiones basadas en datos y conectadas con los resultados del negocio.
El desafío también consiste en encontrar un equilibrio entre eficiencia e innovación. Una reducción indiscriminada de recursos puede limitar la experimentación, afectar la productividad y aumentar la deuda técnica, generando costos mayores en el futuro.
«Debemos medir cuánto cuesta operar una aplicación, pero también cuánto valor genera, qué tan rápido podemos evolucionarla y qué capacidad de innovación estamos habilitando. El objetivo debe ser mejorar continuamente la economía de la tecnología, manteniendo la capacidad de generar valor para el negocio», concluye Duque.






