Por Rodrigo Radaieski, COO de Ascenty
En los últimos años, gran parte del debate sobre IA se ha centrado en las GPU, el procesamiento y la expansión de la capacidad. Sin embargo, en la práctica, el crecimiento de modelos altamente complejos está desplazando el foco del problema hacia otro lugar: la infraestructura física que soporta toda esta operación. La carrera global por la Inteligencia Artificial está creando una nueva realidad para la infraestructura digital, y un punto se hace cada vez más evidente en este movimiento: la capacidad computacional por sí sola ya no es suficiente.
La razón es que la nueva generación de cargas de trabajo de IA requiere enormes volúmenes de transferencia de datos, baja latencia, alta disponibilidad y entornos preparados para operar a densidades muy superiores a las tradicionales. Esto transforma la conectividad, la energía y la refrigeración en factores centrales para la competitividad de las empresas.
En la práctica, estamos entrando en una era en la que la eficiencia de la IA estará cada vez más determinada por la calidad de la infraestructura.
Los centros de datos tradicionales se diseñaron con una lógica diferente a la actual. La arquitectura de nube convencional se desarrolló para cargas de trabajo transaccionales y aplicaciones empresariales distribuidas. Los entornos centrados en IA operan con un tráfico de GPU extremadamente intenso, lo que requiere redes capaces de mantener una comunicación continua a velocidades muy altas.
Precisamente por eso, los mayores entornos de entrenamiento de IA del mundo ya operan a la vanguardia de las redes, con arquitecturas de 800G y, próximamente, de 1,6T. Este avance no representa solo un aumento incremental del ancho de banda: redefine el estándar operativo de la infraestructura digital. Es este nuevo nivel para el que Chile debe prepararse, fortaleciendo su infraestructura digital para responder a la creciente demanda de servicios de IA y atraer nuevas inversiones tecnológicas, a medida que estas cargas de trabajo continúan expandiéndose en la región.
Para la mayoría de las empresas chilenas —desde la banca y el retail hasta la minería, la industria y la salud— el desafío no radica en construir internamente estas redes de vanguardia. La adopción de la IA en estos sectores aún se centra en el consumo en la nube, el análisis de datos y la automatización, y no en el entrenamiento de grandes modelos. Pero el efecto llega a todos: existe una creciente dependencia de la baja latencia, la interconexión robusta y la proximidad de los entornos donde se procesa la IA. En la práctica, la competitividad depende menos de la capacidad de procesamiento de la empresa y más de dónde y cómo se conecta al ecosistema digital.
Al mismo tiempo, la complejidad física de estas operaciones también está aumentando. Cuanto mayor es la densidad computacional, mayor es el desafío térmico. La refrigeración líquida ya no es una tendencia, sino una necesidad operativa en entornos preparados para la IA a gran escala.
Existe además un aspecto poco discutido fuera del sector técnico: la sensibilidad operativa de estas infraestructuras. En entornos de muy alta densidad, pequeños fallos físicos pueden generar impactos extremadamente significativos. Los conectores ópticos, la curvatura de las fibras, el control térmico y la estabilidad energética comienzan a influir directamente en el rendimiento, la disponibilidad y los costos operativos.
Esto exige un cambio de mentalidad significativo. La infraestructura ya no se considera simplemente un soporte tecnológico, sino que empieza a ocupar un papel estratégico dentro de la economía digital.
En este contexto, Chile cuenta con atributos que le permiten posicionarse como un actor relevante en el desarrollo de infraestructura digital en la región. Su matriz energética con una creciente participación de energías renovables, su estabilidad institucional, su conectividad internacional y el desarrollo de nuevos centros de datos crean condiciones favorables para responder a las demandas de la economía digital.
La expansión de los cables submarinos que conectan al país con América, Asia y Oceanía, junto con el fortalecimiento de su infraestructura de telecomunicaciones, refuerza esta posición y facilita una integración cada vez más eficiente con los principales ecosistemas digitales del mundo.
El crecimiento de la IA no se sustentará únicamente en software o semiconductores. Dependerá directamente de la capacidad de construir una infraestructura robusta y eficiente, preparada para operar a gran escala.
Y este es, quizás, el principal debate estratégico para los próximos años: quienes inviertan desde hoy en conectividad, energía e infraestructura física estarán sentando las bases de la próxima generación de la economía digital en Chile y la región.






